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¿Habías escuchado hablar del ateísmo funcional?  ¿Te sentiste atraído al ateísmo alguna vez?  El congreso internacional en sociología religiosa celebrado en Roma en 1969, distingue 4 formas de ateísmo, una de ellas se denomina: ateísmo funcional.  Éste “consiste en creer que la responsabilidad última por todo lo que nos sucede nos corresponde”. Esta es la convicción inconsciente de que si algo bueno o malo va a pasar aquí, seremos únicamente nosotros los que lo generaremos. 

El ateismo funcional, lo ejercen los creyentes que en su vida diaria o más inmediata, no consideran la presencia de lo trascendente en forma práctica, la posibilidad de lo sobrenatural.  Este tipo de ateísmo nos hace sonar a los creyentes como esos agentes de viaje que quieren vender el paquete a la polinesia hablando maravillas de sus hoteles, playas y atracciones, pero que uno sabe que nunca han estado allí.  Suenan huecas las palabras llenas de colores y adjetivos rimbombantes, propias de la exageración de quien habla de lo que no conoce en persona.  O tal vez es como aquel guía de turismo que cuando uno entra al museo y comienza la visita guiada, se pierde en los pasillos y no recuerda al autor de los cuadros o no está seguro de la época en que fueron pintados.  Uno puede percibir fácilmente que, o es el primer día del guía o no sabe mucho de lo que está hablando.  Así sonamos los creyentes cuando alentamos a otros en momentos de dolor o crisis y en el fondo nunca hemos experimentado ese consuelo como algo real.  Afirmar que “Dios te va a ayudar” o “por algo Dios lo permite” o “tené fe que todo va a mejorar”, puede sonar hueco cuando viene solamente de una doctrina o de una teoría que hemos aprendido.  Acaso Dios te ayudó, entendiste que por algo permitió que pases por eso o finalmente tu fe hizo que las cosas mejoren?  Sinó somos más bien ateos funcionales.  Creemos pero en el fondo, en la práctica, en el diario, al fin y al cabo, las cosas dependen solo de nosotros mismos.

Creo que hay alguien en la Biblia que experimentó el ateismo funcional casi sin darse cuenta.  Creció en la riqueza, fue educado en lo mejor del conocimiento de esa época y luego tomó en sus manos una revolución libertadora, haciendo como que “la responsabilidad última le correspondía”.  Moisés tuvo que aprender mucho luego de haber matado al oficial Egipcio. Cuarenta años en el desierto de Madián y cuarenta años en el desierto con el pueblo.  Y finalmente su ateísmo funcional aparece superado:  Hebreos 11:27 dice que “se sostuvo como quien ve al invisible”.  Me hace recordar a esas películas bélicas al momento cuando el soldado atrincherado deja a un costado el rifle, descubre su cabeza e inspecciona el interior de su casco, pues es allí donde guarda la foto de su amada, la foto de sus hijos, el recuerdo de los que ama.  En ese momento ellos no están allí, pero los puede ver y sentir, porque los ama.  Porque ha vivido con ellos.  Esos momentos dan sentido a su lucha, y lo sostienen, “como viendo al invisible”. Imagino a Moisés, el viejo guerrero, descubriendo su cabeza calva y contemplando al invisible.  Esto lo “sostenía”.  Vivir en la presencia del todopoderoso, en la presencia del que todo lo puede en todas las áreas y en todas las situaciones.  Vivir con la seguridad de la fe que ve aunque no se vea…eso sostiene.  El buscador espiritual es como un caballero vencido luchando con una fuerza invencible, la fe.  Pues todos necesitamos una fe que nos sostenga, que funcione, que haga real al invisible en los momentos críticos.  La incredulidad práctica y la creencia teórica o como lo hemos llamado hoy: “el ateismo funcional”, atenta justamente contra lo que hace que la fe nos cambie la vida.

Que las áreas en las que somos ateos funcionales se rindan hoy a la fe en Jesús.  No es lógica, es fe.

 

“Por la fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey; porque se sostuvo como viendo al Invisible”

(Hebreos 11:27)

 

Un pensamiento en “Ateismo Funcional

  1. Aroma a café si, y a cemento transitado, a veces a madera y hojas de árboles que decoran las calles con adoquines. Tan colorido como sus lapachos y al mismo tiempo tan enorme y voraz: Buenos Aires. Igual de temibles me resultan a veces nuestras costumbres religiosas, cuando nos distraen de lo importante. Gracias por escribir y dejarnos pensando, siempre!

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