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Parecemos creer consciente o inconscientemente que vivimos en un mundo justo. Un mundo en que si hago las cosas bien me tiene que ir bien, y si las hago mal, me irá mal. Lo que parece cierto es que hay personas muy malas a las que les va muy bien y personas muy buenas a las que les va muy mal. Hay personas sinceras, trabajadoras, honestas y primeramente de un corazón noble, a las que la vida parece tratar solo con reveces. Otras, que son simplemente todo lo contrario, y además de ser claramente maliciosos se jactan de serlo. A estos últimos muchas veces les va bien.


Cae casi de madura la conclusión que afirma que muchas veces no existe una relación directa entre la calidad humana, moral y ética de una persona y el éxito en la vida.
La antigua historia de Job es un claro ejemplo. Si perder un hijo para un padre dicen que es una de las experiencias más duras de la vida, Job perdió a 10. Si perder un trabajo es frustrante, Job presenció la caída en horas del imperio económico más prospero de su país, el cual era el propio. Si estar postrado enfermo es desanimante e inhabilitante, imaginemos experimentar continuo dolor que carcome la carne por tiempo indeterminado. Todo estoy lo sufrió Job a quien las escrituras describren como “intachable y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1:1).

Qué decir de Juan el Bautista.  No se levantó nunca un profeta mayor. Su misión fue la más grande encomendada a un hombre alguna vez, preparar el camino y bautizar a Dios hecho hombre. Su humildad no tiene parangón, pues cuando perdía popularidad dando lugar a la de Cristo llegó a decir “es necesario que el crezca y yo mengue” (Juan 3:30). Luego de una vida de servicio y devoción a Dios, murió solo en una celda, mandado a matar por un Herodes ebrio como premio de una danza sensual en el Strip-club del palacio.  Jesús, quien era su propio primo, no fue a verlo. Sus días terminaron en soledad.

¿Pueden encontrarse ejemplos más injustos que los dos que acabamos de nombrar?  ¡Sin duda! ¿Donde? Por todas partes ¿Cuando? Ahora mismo y por todos los rincones del mundo.
Estar cerca de Dios, tener una vida ética y correcta, honrar con honestidad lo que uno cree, ser moralmente coherente: no nos garantiza que nos vaya bien.


No nos engañemos, no siempre hay una relación directa entre lo que hacemos acertadamente y el éxito, entre el bien y el placer.  Sin embargo, cuando lazaro muere, Jesús viene a resusitarlo (Juan 11).  Cuando José fue vendido como esclavo a Egipto Dios estuvo con él hasta que se transformó en el primer ministro de la nación (Gen 37-42).  El famoso Rabino Harold Kuschner escribe: “yo no creo en el Dios que nos envia los problemas, sino en el que nos da las fuerzas para superarlos”, y lo dice en el mismo libro en donde relata la muerte de su hijo de 13 años.
La última palabra, la tiene Dios.  Y esa palabra es la que importa.  Esto no hace el dolor menos doloroso o le tristeza menos triste.  Sin embargo, hace diferencia.  Toda la diferencia.  “Y ví un cielo nuevo y una tierra nueva… y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron” dice Juan(Apocalipsis 21:4). 

Y así las escrituras nos prometen que Dios es el que tiene la última palabra y también nos enseñan que a los buenos, no siempre les va bien.

Un pensamiento en “A los buenos ¿Les va bien?

  1. Nuevamente gracias por resaltar otra de las hermosas promesas de nuestro Señor: que a pesar de las momentos dolorosos que nos toquen vivir Él siempre tendrá la última palabra en nuestras vidas!

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