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Las adicciones podrían definirse como aquellas conductas sobre las cuales nos damos cuenta, pero tarde, de que hemos perdido el control o la libertad.  Un estudio etimológico de la palabra “adicción” aclara este punto.  Adicción está compuesta por un prefijo que antecede al vocablo “dicción”.  El prefijo es “A”.  En muchas palabras de la lengua castellana “A” significa “sin” o la negación de lo que continúa, o sea “no”.  Algunos ejemplos son a-fónico y a-teo. (Sin sonido o voz, y sin Dios).  La dicción es la forma de emplear las palabras, la buena dicción o la mala dicción indica el uso del lenguaje que cierta persona tiene.  En el caso de la palabra “adicción” su significado es el no uso del lenguaje, el no haber palabra. 

En las a-dicciones, el a-dicto se ha quedado sin palabra y hay una negación de la palabra.  Se ha quedado sin palabra pues ya no puede sostener lo que promete o lo que dice.  Ha prometido una y otra vez que este será el último cigarrillo, la última copa o el último consumo.  Le ha mentido a mucha gente, pero principalmente a sí mismo.  Su mentira más conocida es: “yo lo dejo cuando quiero”.  Mark Twain, el famoso escritor norteamericano dijo cierta vez: no es difícil dejar de fumar, yo he dejado mil veces… 

En la adicción primeramente hay alguien que se ha quedado sin palabra, alguien que no puede cumplir con lo que promete.  Y también hay algo de lo que no se habla.  Cuestiones personales, familiares, laborales o de cualquier índole, pero de las que no se habla o se siente que no se puede hablar.  Ese dolor del que no se habla, se tapa con la “adicción”.  Y lamentablemente “lo que uno no dice lo actúa” decimos desde el psicoanálisis.  Lo no dicho se hace síntoma, sale por algún lado.  La falta de comunicación de padres a hijos tiene sus costos.  La incapacidad de pedir lo que uno necesita dentro de una pareja tarde o temprano pasa factura.  Lo que no podemos decir y terminamos callando, nos termina lastimando por dentro. 

Inclusive a lo que uno no le pone la palabra le termina poniendo el cuerpo.  De allí que aparecen tantas enfermedades psicosomáticas en donde el común denominador es lo que uno se ha callado o de lo que no puede hablar. 

Una antiquísima escritura del rey israelita David nos anima a dejar la “a-dicción” y hablar, especialmente cuando estamos frente a Dios.  Dice así: 

“Mientras callé, se envejecieron mis huesos
En mi gemir todo el día.  Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano. 

Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad.  Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado”. (Salmos 32:3-5) 

Hoy la invitación es a abrir tu corazón y contar hasta lo que más duele a alguien.  ¿Por qué no comenzar contándoselo a Dios? 

6 pensamientos en “Sin Palabras

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