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En la calle me entregan volantes sobre “videntes naturales”, “Terapias alternativas”, “Unión de parejas” y tanto más.  Tengo la sensación de que hay hambre.  Se siente el hambre, se palpa la búsqueda.

En la clínica donde trabajo una médica esta mañana me paró para pedirme que escriba y publique algo en la revista institucional.  ¿El tema sugerido? La falta de respeto y la violencia.  “No sé qué les pasa a mis pacientes, los veo cada vez más violentos, menos respetuosos, nos cuesta cada vez más el trabajo…” me decía preocupada.

ImagenAlgo no está bien.  Algo dejó de funcionar.  Algo debe suceder y pronto.  Lo sabemos.  Lo presentimos.  Estamos buscando algo y sentimos la frustración de no encontrarlo.  Cuando el día acaba y el movimiento cesa, cuando el ruido es reemplazado por el silencio, entonces el hambre toca la puerta una vez más.  Podemos olvidarlo mientras nos ocupamos de mil cosas, podemos ahogarlo bajo el sonido de la radio y el ipod.  Podemos llenarnos los ojos de pantallas planas de cada vez más pulgadas.  Pero en algún momento nos alcanza.  Y en el silencio de la noche, vuelve a dejarnos sin dormir.

Es hambre, puro hambre.  Y el hambre molesta y persiste.  Las dietas serias no te niegan el comer, pues saben que estarían condenadas al fracaso.  No se puede escapar del hambre, llega la hora en que se convierte en dolor.  Sí, es verdad: duele el vacío en el estómago, y duele el vacío en el corazón.

Dice Dios que mandará un tiempo en que habrá hambre, pero hambre de la palabra de Dios.  Hambre de una experiencia de cercanía con la palabra, y con Cristo que es esa palabra hecha carne.  Hambre de ver la gloria de Dios.  Y Él mismo promete que lo vamos a encontrar cuando lo busquemos con todo el corazón.

El hijo pródigo tenía hambre, y eso lo llevó al padre.  Las algarrobas de los cerdos no satisfacen, más bien dan asco.  Y en la noche maloliente, nauseabunda y vergonzosa decidió que ya era suficiente.  Porque las algarrobas de los cerdos no te sacan el hambre, solo llenan el estómago. Malgastarlo todo te conecta con las luces brillantes de la noche, y luego te deja con la resaca del vacío, con tu soledad, y nuevamente con hambre.

El mensaje para hoy es: en la casa del padre hay un banquete esperando. Banquete para el cual fue sacrificado el becerro gordo.  La fiesta es en casa, en la tuya y la mía.  En la que “moraremos para siempre” (Sal 23:6).  Y es gracias al que murió para que puedas dejar de alimentarte con las algarrobas de los cerdos.

He aquí vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová.(Amos 8:11)

3 pensamientos en “Hambre y fast food espiritual

  1. Sinceramente y de corazón, hace mucho mucho tiempo que no encontraba algo tan gustosamente sabroso. Un manjar literario, de esos que da ganas gustar muchas veces.

    Mientras leía me pregunté ¿quien escribió esto?, deslicé hacia arriba mi pantalla y encontré “by Nestor F. Bruno”. Ah bueno! me dije y sonreí.

    Un abrazo y muchas bendiciones profe!!

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