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La raíz indoeuropea de la palabra “optimista” es “op”. De ella provienen las palabras latinas opus y opera, “obra” y “operario” o “trabajador”. Lo que nos dice este rápido estudio etimológico es que el optimista, desde su raíz o su significado primo es alguien de acción.No es optimista quien respira un futuro de brisas cálidas con aromas a jazmín. Esto es más bien, natural del delirante. En cambio el optimista, cuando parado frente a la realidad es realista pues su musa no pasa por la ilusión sino por la creación, el amor y la libertad. Trío de valores e ideales que no pueden sostenerse en una vida de inacción.
Lo que caracteriza al optimista no es entonces su pronóstico, que puede ser “optimista” o “pesimista”, según el margen de acción que perciba en la realidad, sino su disposición de ánimo. Lo que distingue al optimista es que está dispuesto a aprovechar las muchas o pocas oportunidades que le ofrezca la realidad. No se siente ajeno a las circunstancias que lo rodean.
El optimista es protagonista de su realidad, y en términos psicológicos es aquel que tiene un locus de control interno cuando de tomar las riendas de su vida se trata.
Cerrando, comparto una definición del optimismo que tomada en este contexto posee una riqueza única. El filósofo Robert Nozick escribió cierta vez:
“Que tú existas, hace una diferencia”.
Quizá ser optimista sea vivir poniendole piel y huesos a los sueños. Tal vez se trate de despertar y existir… Pues que estemos aquí, ya hace una diferencia.

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